Blanca San Segundo, demostrar que la inclusión no es una promesa, es una presencia
Blanca San Segundo pertenece a esa generación de mujeres que no han esperado a que la inclusión llegue para empezar a vivirla, la practican y la hacen visible. Su trayectoria no es únicamente la historia de una mujer joven con síndrome de Down que logró finalizar un grado universitario en España, sino la de una mujer que ha sabido abrir espacios allí donde antes solo había expectativas estrechas, y hacerlo desde la naturalidad de quien entiende que su lugar en la vida pública nunca fue una excepción, sino un derecho.
Cuando en 2019 terminó el grado en Terapia Ocupacional se convirtió en la primera mujer con síndrome de Down en nuestro país en alcanzar ese hito. El dato es importante, pero no basta para explicar quién es Blanca. Lo verdaderamente significativo es el camino que hay detrás, años de educación inclusiva, decisiones familiares valientes, apoyos sostenidos en el tiempo y, sobre todo, una convicción íntima y persistente de que su vida no podía quedar definida por los límites que otros imaginaran para ella.
Desde muy pequeña creció en un entorno que entendió que la inclusión comienza en los primeros días de vida. La estimulación temprana, la escolarización en entornos ordinarios y la continuidad educativa sin itinerarios segregados construyeron una base sólida desde la que Blanca fue afirmando su autonomía. No fue un recorrido fácil, admite nuestra protagonista, pero sí coherente con una forma de entender la educación como un derecho compartido y no como una concesión.
Como mujer, profesional y activista de la discapacidad, Blanca representa hoy una referencia para muchas otras, y lo muestra a través de un compromiso sostenido con la defensa de los derechos de las personas con discapacidad y con su participación activa en la vida pública. Su trayectoria demuestra que la inclusión no es una meta simbólica, sino una práctica cotidiana que se construye con presencia, con voz propia y haciendo vivo el lema de nada sin nosotras, con su participación en la vida con una actitud política y de activista.
La importancia de la familia es inseparable de su biografía. También lo fue aquella primera escuela que la recibió desde la normalidad, reconociendo el valor de la diversidad como parte de la vida común. Cuando su familia recordó al centro educativo que Blanca tenía síndrome de Down, la respuesta fue sencilla y reveladora: allí todas las personas eran distintas. Esa mirada marcó su experiencia escolar y dejó una huella que todavía hoy atraviesa su manera de estar en el mundo.
Su paso por el Bachillerato y la universidad no estuvo libre de obstáculos, hubo profesorado que confió en ella y profesorado que no lo hizo. Tuvo compañeros que la acompañaron y otros que se alejaron.
Como tantas mujeres con discapacidad, Blanca conoció de cerca esa paradoja todavía frecuente: la inclusión educativa y legal avanza más deprisa que la inclusión social, y es que estar en el aula no siempre significa formar parte del grupo. Y, sin embargo, siguió adelante, con constancia y con una determinación que hoy se reconoce como una de las claves de su trayectoria.
Antes de llegar a la universidad cursó un ciclo de Integración Social que reforzó su vocación de acompañar a otras personas en sus procesos de autonomía. Después compaginó durante años el trabajo en una escuela infantil inclusiva con los estudios universitarios. No fue un camino rápido, pero sí profundamente coherente con su manera de entender la vida: avanzar paso a paso, sin renunciar a lo importante.
Hoy trabaja precisamente allí donde todo comienza, en la primera infancia, acompañando a niños y niñas con discapacidad en sus primeros aprendizajes cotidianos. En ese espacio donde se construyen las primeras experiencias de inclusión, su presencia es, en sí misma, una forma de pedagogía social.
Su compromiso va más allá del ámbito educativo. Forma parte del Patronato de la Fundación CERMI Mujeres, participa en espacios públicos de sensibilización, interviene en encuentros y conferencias y ha dado el paso, todavía poco frecuente, de implicarse en la política municipal para defender los derechos de las personas con discapacidad desde dentro de las instituciones. No lo hace como gesto simbólico, sino desde la convicción de que la participación es una herramienta imprescindible para cambiar la sociedad.
Blanca habla con claridad de lo que todavía falta. La educación inclusiva ha avanzado, sí, pero la inclusión social continúa siendo una tarea pendiente. Persisten prejuicios, distancias y miradas que todavía no reconocen plenamente a las personas con síndrome de Down como adultas con proyectos propios, con voz pública y con derecho a decidir sobre su vida. Frente a eso, su trayectoria se convierte en una respuesta serena y firme.
Pero, también hay en su historia espacio para lo cotidiano, para lo que sostiene la vida más allá de los logros visibles: el baile, las Fallas y las risas compartidas con su hermano, las amistades, el trabajo en equipo, los proyectos por venir. Porque la inclusión no se mide solo en títulos o responsabilidades, sino en la posibilidad real de participar en la vida común en igualdad.
Nota: Este perfil personal nace del capítulo dedicado a Blanca San Segundo en el libro 20 Mujeres Activistas por la Discapacidad, de Mayte Antona, que publicará la Fundación CERMI Mujeres con motivo del 20.º aniversario de la adopción por la Asamblea General de las Naciones Unidas de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, una obra que recoge trayectorias como la suya, capaces de abrir camino y transformar la mirada social sobre la discapacidad desde la experiencia y el activismo en primera persona.