La Escuela combinó sesiones formativas, talleres participativos, espacios de cuidado, actividades de convivencia y encuentros institucionales.
La segunda edición, celebrada bajo el lema “Mi voz tiene poder”, reunió a 21 niñas y adolescentes con discapacidad, de entre 7 y 16 años, procedentes de Andalucía, Aragón, Asturias, Canarias, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cataluña, Comunidad de Madrid, Comunidad Valenciana, Navarra y Región de Murcia, junto a sus madres. Entre las participantes existía una amplia diversidad de tipo de discapacidad: física, orgánica, visual, auditiva e intelectual, parálisis cerebral, síndrome de Down y enfermedades raras.
El perfil de las madres también fue diverso. Procedentes de distintas comunidades autónomas, participaron en la Escuela para compartir experiencias de crianza, conocer recursos y fortalecer sus redes de apoyo. Algunas son, además, mujeres con discapacidad, por lo que el programa atendió también a su propia realidad personal y a sus necesidades, más allá de su papel como madres y cuidadoras.
El objetivo de la Escuela de Niñas fue que las participantes pudieran formarse en derechos, comunicación, autonomía personal, empoderamiento y participación, en un entorno seguro, inclusivo y adaptado a sus necesidades de apoyo.
La Escuela partió de una idea central: las niñas y adolescentes con discapacidad deben ser reconocidas como sujetas de derechos, con capacidad para expresar sus opiniones, identificar las barreras que les afectan y participar en las decisiones que tienen impacto en sus vidas. Por eso, el programa incorporó talleres de comunicación, reflexión entre iguales, expresión artística, empoderamiento frente al acoso y la soledad no deseada, y la elaboración de una declaración formal de niñas y adolescentes con discapacidad.
La inauguración: una escuela para hablar en primera persona
La Escuela comenzó el miércoles 15 de julio con la bienvenida por parte de la presidenta de la Fundación, Concha Díaz, quien situó desde el primer momento el protagonismo en las niñas y adolescentes con discapacidad, puesto que el acto fue conducido por Aitana Vera Conesa, presidenta del Consejo de Participación de las Niñas y Adolescentes de Fundación CERMI Mujeres.
Quisieron enviar un mensaje, el secretario de Estado de Juventud e Infancia, Rubén Pérez Correa y la presidenta de UNICEF España, María Ángeles Espinosa Bayal. Y se contó con la presencia de la subdirectora adjunta de Programas del Instituto de las Mujeres, Belén Macías Marín y el el director general de Derechos de las Personas con Discapacidad, Jesús Martín Blanco.
La presencia de Aitana al frente de la inauguración fue ya toda una declaración de intenciones. Esta segunda edición no quería que las niñas y adolescentes fueran únicamente destinatarias de un programa, sino protagonistas activas de su desarrollo: participantes, coordinadoras, portavoces y formadoras de otras niñas. La Escuela abrió así un espacio en el que su voz no se pidió como gesto simbólico, sino como parte central de la construcción colectiva.
Tras la apertura institucional, las participantes iniciaron el taller “Mi voz tiene poder”, facilitado por Cardahmomo Formación e Inclusión, una propuesta de expresión corporal y vocal para reforzar la comunicación, la confianza y la presencia de las niñas y adolescentes. Después, los grupos trabajaron sobre sus derechos en espacios diferenciados: Paula Escalante, relatora del Consejo de Participación, facilitó la reflexión con las niñas, y Rocío Castellano, secretaria del Consejo, acompañó el espacio de adolescentes.
La primera jornada incorporó también “El mundo en tus manos”, un espacio de preparación de una exposición de fotografías, dibujos y otras expresiones artísticas basadas en experiencias en primera persona de las niñas y adolescentes con discapacidad y de sus familias. La actividad fue facilitada por Ainhoa Toni, vocal del Consejo de Participación de Niñas y Adolescentes con Discapacidad de Fundación CERMI Mujeres.
En paralelo, comenzó la Escuela de Madres, concebida como un espacio propio de escucha, formación y apoyo mutuo. Jesús Martín Blanco, director general de Derechos de las Personas con Discapacidad, facilitó la sesión sobre recursos públicos para el cuidado y apoyo de la infancia con discapacidad. A continuación, Chelo Álvarez, presidenta de la Asociación Alanna y voluntaria de Fundación CERMI Mujeres, y Aline Bravo, patrona y voluntaria de la Fundación, abordaron los retos de la crianza de hijos e hijas con discapacidad. La jornada concluyó con Ana Peláez Narváez, vicepresidenta ejecutiva de Fundación CERMI Mujeres, quien facilitó una sesión sobre cómo combatir prácticas nocivas y discriminatorias contra niñas y adolescentes con discapacidad desde el ámbito familiar.
La segunda jornada: poner nombre al acoso, la soledad y los miedos
El jueves 16, la Escuela entró en una de sus etapas más sensibles. Las niñas y adolescentes trabajaron sobre la soledad no deseada, el aislamiento, el acoso escolar y otras formas de violencia y discriminación que siguen presentes en los entornos educativos y sociales. La sesión principal, “Por el cambio que quiero”, fue concebida como un taller de empoderamiento frente a la soledad y el acoso escolar, de nuevo facilitado por Cardahmomo Formación e Inclusión.
A lo largo de la mañana, las participantes pudieron identificar situaciones de discriminación o violencia, expresar cómo se sienten y reconocer personas y recursos de apoyo. El trabajo se desarrolló en grupos diferenciados de niñas y adolescentes, con dinámicas adaptadas a su edad, madurez y necesidades de apoyo. No se trataba solo de hablar del acoso, sino de generar herramientas para nombrarlo, pedir ayuda y exigir entornos seguros.
La segunda parte de la jornada se dedicó a la preparación de la declaración formal de las niñas y adolescentes con discapacidad. Sara Vallejo, vicepresidenta del Consejo de Participación, facilitó el trabajo con las niñas; Aitana Vera Conesa acompañó el grupo de adolescentes; y Paula Escalante introdujo la discusión. De ese proceso fue tomando forma un documento construido desde sus propias experiencias, con avances reconocidos, preocupaciones compartidas y demandas concretas.
Mientras tanto, la Escuela de Madres dedicó la jornada al cuidado emocional y al autocuidado. Rosario Ledesma, psicóloga y voluntaria de Fundación CERMI Mujeres, y Mari Luz Sanz, patrona y voluntaria de la Fundación, facilitaron el taller “Combatiendo mis miedos”. Después, Sara De Torres Riveiro, delegada de Derechos Humanos y Agenda Pública de Fundación CERMI Mujeres, condujo “El tiempo que necesito para mí”, un espacio sobre autocuidado y salud mental de madres de hijos e hijas con discapacidad.
La jornada continuó con un espacio conjunto de comunicación, pensado para acercar a niñas, adolescentes y madres a sistemas diversos como la lengua de signos, el braille, los pictogramas o el lenguaje sencillo. Fue uno de los momentos que mejor resumió el espíritu de la Escuela: sin accesibilidad comunicativa no hay participación plena, y sin apoyos adecuados muchas voces quedan fuera.
La jornada final: Congreso, declaración y respuesta institucional
El viernes 17 tuvo una dimensión especialmente institucional. La jornada comenzó con una visita al Congreso de los Diputados, como acercamiento a uno de los espacios donde se debaten y aprueban decisiones que afectan directamente a la vida de niñas y adolescentes con discapacidad.
Tras la visita al Congreso de los Diputados, las niñas y adolescentes se dieron cita en la sede de la Fundación CERMI Mujeres con la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, en uno de los momentos centrales de la jornada de clausura. La ministra escuchó atentamente sus demandas y reconoció el valor del trabajo realizado durante los tres días de Escuela. Rego afirmó que se llevaba “los deberes” planteados por las niñas y adolescentes y defendió que “no se trata de que las personas con discapacidad se tengan que adaptar al sistema, sino que es el sistema el que se tiene que hacer cargo de la diversidad y adaptarse a las personas”
Por su parte, las niñas y adolescentes volvieron a ser las protagonistas. Una a una, tomaron la palabra para leer la declaración “Mi voz tiene poder”, el documento colectivo que pone punto final a esta segunda edición de la Escuela y que recoge tanto los avances que reconocen como las preocupaciones que siguen marcando sus vidas. En ella reclamaron vivir con sus familias, recibir apoyos suficientes, contar con una educación verdaderamente inclusiva, disponer de apoyo psicológico frente a la soledad, el aislamiento y el acoso, estar protegidas frente a la violencia, los discursos de odio y los riesgos de la inteligencia artificial, y ser consultadas en todas las decisiones que les afectan.
La declaración culminó con una de las reivindicaciones más significativas de la jornada: “Nuestro derecho a ser niñas y adolescentes felices, respetadas y amadas, que vivan en paz”. Esa frase resumió el sentido profundo de una Escuela que, durante tres días, ha combinado formación, participación, cuidado, convivencia y reivindicación.
En esta ocasión, Fundación CERMI Mujeres ha diseñado un programa siguiendo las indicaciones de las propias jóvenes, que han asumido un papel protagonista no solo como participantes, sino también como coordinadoras, portavoces y facilitadoras de espacios de reflexión. La Escuela ha alternado los momentos de trabajo con actividades de ocio y convivencia, demostrando que la participación de las niñas y adolescentes con discapacidad también se construye desde el encuentro, el disfrute y la creación de redes.
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