Elena Briongos, hacer visible lo que también duele, aunque no se vea

Imagen de Elena Briongos
Imagen de Elena Briongos

Elena Briongos vive en Peñalba de Castro, un pueblo pequeño de Burgos al que pertenece no solo por nacimiento, sino por elección profunda. Leyendo su relato, se entiende pronto que el territorio no es un decorado en su vida, sino una raíz. Desde ahí, desde la España rural que ama y que al mismo tiempo denuncia por sus carencias, ha construido una forma de activismo muy pegada a la vida concreta de las mujeres con discapacidad.

Su historia habla de salud mental, de derechos, de soledad, de cuidados y de caminos largos, a veces literalmente largos, porque cuando una mujer con discapacidad vive en un pueblo y tiene los servicios sanitarios a decenas de kilómetros, la igualdad de oportunidades empieza a medirse también en transporte, tiempo, cansancio y acceso real a los apoyos. Elena lo sabe bien, porque ha tenido que recorrer esos caminos para acudir a sus consultas, para sostener su recuperación y para conquistar espacios de autonomía.

A los 14 años dejó su pueblo para estudiar en Barcelona. Aquella ciudad, enorme y exigente, la desbordó. Allí tuvo su primera crisis. Volvió a los 18 años con un diagnóstico de salud mental que durante mucho tiempo la limitó, no porque ella no quisiera avanzar, sino porque hay momentos en los que la mente y el cuerpo parecen separarse de la voluntad. Su frase resume con una claridad difícil de olvidar lo que tantas personas no saben explicar, sentir que puedes, pero no puedes.

Me detengo especialmente en esa manera suya de nombrar la discapacidad invisible. Elena recuerda que no lleva bastón, ni silla de ruedas, ni una marca externa que permita a los demás reconocer que está luchando. Por fuera puede parecer que todo está bien, pero por dentro una persona puede estar agotada, desbordada, vacía o rota. En esa afirmación hay una verdad incómoda para una sociedad que todavía cree demasiado en lo que ve y demasiado poco en lo que escucha.

Por eso su activismo tiene tanto valor. Porque no solo reivindica recursos, también pide comprensión. No pide soluciones rápidas, pide que la sociedad acepte que alguien pueda decir “hoy no estoy bien” y que eso baste para recibir apoyo sin tener que justificarse hasta el agotamiento.

En su biografía hay hitos que, vistos desde fuera, podrían parecer pequeños, pero que en la vida de una mujer con discapacidad en el medio rural adquieren un significado enorme. Sacarse el carné de conducir, por ejemplo, fue mucho más que aprender a manejar un coche. Fue abrir una puerta a la autonomía, reducir la dependencia del transporte escaso, poder acudir al psiquiatra sin convertir cada consulta en una travesía. También trabajar como ordenanza en la ciudad romana de Clunia fue para ella una conquista. Allí encontró incluso un símbolo, la estatua de la diosa Fortuna, rota en cientos de pedazos y restaurada después, “un símbolo de resiliencia, que ha sobrevivido más de 1.000 años”. Es difícil no leer en esa imagen una metáfora de muchas vidas que no regresan intactas, pero sí reconstruidas, algo que me evoca al arte japonés de restaurar objetos rotos (Kintsugi).

Elena habla también de cuidados, y lo hace desde una experiencia muy concreta. Cuidó de su padre y cuida de su madre, llevando el peso cotidiano de la casa. Pero no romantiza ese lugar. Sabe que muchas mujeres con discapacidad han sido retenidas en el ámbito doméstico, apartadas de la formación y del empleo, convertidas en cuidadoras sin reconocimiento ni independencia económica. Por eso insiste en una idea esencial, hay que cuidar también a las cuidadoras.

Su trabajo en el movimiento asociativo de Salud Mental nace de esa mezcla de experiencia propia y mirada colectiva. Como secretaria general de la Confederación Salud Mental España y presidenta de la Federación Salud Mental Castilla y León, defiende un modelo comunitario, cercano y accesible, donde los apoyos lleguen al entorno habitual de las personas y no al revés. Porque obligar siempre a la persona a desplazarse, adaptarse y explicar su malestar una y otra vez también es una forma de exclusión.

Me llama la atención, además, la fuerza con la que vincula salud mental, ruralidad y género. El Proyecto JULIA, Mujeres Rurales y Salud Mental, aparece en su trayectoria como una respuesta necesaria frente al aislamiento, la violencia y la falta de redes. Elena sabe que muchas mujeres no hablan porque no encuentran un espacio seguro, porque temen no ser creídas o porque un diagnóstico de salud mental todavía resta credibilidad a su relato. Su activismo consiste también en abrir esos lugares donde otras puedan empezar a decir lo que les pasa.

Cuando necesita parar, Elena camina entre encinas, cerca de su pueblo. Allí escucha los pájaros y recupera algo de paz. Esa imagen final dice mucho de ella, una mujer que conoce la fragilidad, pero también la perseverancia, y que ha hecho de su vida una defensa serena y firme de lo invisible, de lo rural, de lo que tantas veces queda fuera del centro.

Nota Esta semblanza forma parte de la serie dedicada a las protagonistas del libro 20 Mujeres Activistas por la Discapacidad, de Mayte Antona, que publicará la Fundación CERMI Mujeres con motivo del 20º aniversario de la adopción por la Asamblea General de Naciones Unidas de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.

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